SOLEDAD ELEVADA A LA N POTENCIA
Transcurría el mes de octubre de 1952. Atrás habían quedado las interminables hectáreas tapizadas de cultivos, el aroma a café tostado y la tibieza de la leche recién extraída de la ubre de Paca. Cansados de ocultárseles junto con el sol a la violencia, Honorio Esguerra, su esposa y sus doce hijos decidieron abandonar su terruño y construir futuro en el casco urbano de Buga. La idea era encontrar una trinchera donde los pájaros de Janeiro no pudieran cazarlos. La vida les había cambiado y el camino los llevaba de frente a su nueva verdad: una pared de ladrillo de barro y una puerta de lata. Las visitas del viejo a la ciudad no habían sido en vano. Aquellas noches, mientras su familia se camuflaba en los cafetales, él recorría las calles en busca de una oportunidad para ganarle la partida al conflicto entre godos y rojos.
El techo que ahora miran las tres hermanas no es el mismo de aquella época. Detrás de la pared de barro y de la puerta de lata la verdad del 52- se extendía un corredor con piso de tierra, cocina de bareque y una gran ramada cubierta con más lata. Tampoco existían las grandes vigas de la finca donde el viejo solía colgarlos como castigo por sus travesuras, pero claro, no tardaron mucho en reaparecer.
Acostumbradas a hacerlo, Aída y Mery se han puesto de pie. Llevan encima unas batas estampadas con grandes flores y arrastran sus chancletas de caucho. Raquel ha preferido aguardar en la cama por mayor tiempo. Para qué levantarse: el día tiene 24 horas y tan pocas cosas para hacer. La primera gran idea de la mañana es encender la radio, mitigar la soledad de las tres mujeres, esa soledad que durante la noche pareciera elevarse a la n potencia. Una hora más tarde, tras descubrir una línea nueva en el cielorraso, Raquel sale del dormitorio. Saluda a sus hermanas con una frase que bien podría ser un insulto; ellas creen que dice buenos días, pero ninguna está segura.
Parada frente a la vivienda, con el sudor sobre mi frente, doy tres golpes. A través del vidrio de la puerta descubro los fantasmas que custodian la casa. Uno de ellos está retirando los pétalos secos de las bifloras; otro, más sedentario, sólo escucha los consejos radiales de los tibetanos. Y el tercero, alertado por los golpes, apresura a ocultarse en la habitación. El más cercano abre la puerta. El tono sepia de mi visión desaparece, también los fantasma lo hacen. Ahora sólo quedan 3 mujeres y un escenario a blanco y negro, como las fotografías de antaño que la mayor guarda bajo el colchón y en la memoria, como el color de sus cabellos y el de sus vestidos. El primer rostro que reconozco es el de la tía Mery. Ha abandonado el cuidado de su jardín y está presta a regalarme su atención. Veintiún pasos más a lo largo del corredor y me hallo de frente al segundo fantasma: robusto, risueño y de delantal roto. Buenos días, tía Aída. Y una respuesta esperada: cómo le va. ¿Quién es usted? y no es la memoria la que falla, es ese berraco problema de los ojos, porque cuando yo nací mamá me orinó encima. No puedo ocultar la gracia que me produce escucharla, pero recuerdo que aún no he terminado de saludar. Media vuelta a la derecha y ¡y ahí está ella! Sentada en la inmutable silla roja, con las manos entre sus piernas y la punta de los pies rozando el suelo. ¿Está viva? No tardo mucho en averiguarlo. Al verme se pone de pie para darme un beso en la mejilla y preguntarme como estoy. Le respondo que bien y me aparto de su lado (el frío de sus labios no me trae buenos recuerdos).
Regreso a la sala y me quedo quieta, en silencio. Un par de minutos más tarde la tía Aída camina hacia mí. Antes se ha detenido en el jardín para mirar el firmamento y ha pronosticado lluvias en horas de la tarde, aunque el IDEAN asegura que hoy no se presentarán precipitaciones. Después de sentarse en el sillón contiguo, me comenta las medidas adoptadas por la administración local, habla de las noventa y seis motocicletas retenidas en la secretaría de tránsito desde el día anterior, de las predicciones de los hermanos Roland ¡Ah! Y del hijo de la prima segunda de mi abuela que murió de cáncer en el estómago hace poco. Quedo flaquito como Darío (Y empieza una nueva historia). Es que Darío era cachetón, colorado, bajito y barrigón. Cuando nació ¡Ay! Ya Aída, cállese, interrumpe la tía Mery. La temprana incapacidad visual, unida al hecho de no apartase de sus padres sino hasta la muerte de estos, convirtieron a la tía Aída en el libro donde reposan las memorias de la Familia Esguerra Soto. Su habilidad es tal que dibuja y desdibuja, aunque no en poco tiempo, el árbol genealógico de la familia. Siempre tiene pretexto para hablar (¿Será que siente la necesidad de suplir el silencio de su hermana Raquel?). Aunque salga poco de casa, conoce el mundo a través de las perspectivas de los locutores de la frecuencia radial 8.6 AM, Voces de Occidente, y de los comentarios de los visitantes, menos de los míos (si ella es casi ciega, yo soy casi muda).
Alguien me observa. Una cabeza emerge de la última habitación y desparece al instante. La escena se repite cada tres minutos, tal vez un poco más o un poco menos, que más da. Esas intervenciones ya no son extrañas, pero dan cuenta de la molestia que le produce mi presencia (o la de cualquiera). Ya es hora de que me vaya. No, no es así, no llevo ni media hora en la casa. En todo caso me voy.
Mi partida sólo calma la sed de vigilancia. Ahora la tía Raquel debe buscar un nuevo entretenimiento. Abandonar su silla y volver a sentarse 20 veces por minuto parece una buena opción. O tal vez, se decida a correr por toda la casa y a estrellarse contra las paredes como lo solía hacer años atrás. ¿O le resultará más dinámico imitar el sonido de una sapo? En cualquier caso todo lo hará en soledad o bajo la mirada silenciosa y acostumbrada de sus hermanas.
Porque a ella no le interesan los anuncios radiales, si el número de suerte para los acuarianos es el 12 o el 21, si la noche anterior mataron 1 o 10 personas. Porque no tiene cuentas que pagar en el banco y cree que los almuerzos familiares están envenenados para ella. Porque no acompaña entierros por temor a que le cierren las puertas del cementerio antes de salir (no es un temor injustificado). Porque rezar el rosario a las 4 de la tarde y escuchar la misa de las 6, desde su inmutable silla roja, bajo el marco de la puerta de la habitación, es suficiente ejercicio para un día. Porque en el mundo exterior están sus fantasmas y hace diecisiete meses pensó que la manera de derrotarlos era no volverlos a ver por eso prefiere la soledad, a pesar que culpe a los demás de ella.
El radio reloj marca las 7: 30 p.m. Seis ojos abiertos, 3 miradas fijas en el cielorraso de la habitación, como cada noche a la misma hora, como cada mañana al despertar
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cindy -