SOLEDAD ELEVADA A LA N POTENCIA
Son las 6:30 de la mañana. El radio reloj acaba de anunciarlo y una débil luz, procedente del patio trasero, lo confirma. El bochorno propio de los días soleados se cuela por una malla ubicada en la parte superior de una pared, un angeo que no varían desde hace dieciséis años y que intenta ocultar un agujero de 70 por 30 centímetros (la única ventana de la habitación). Después de absorber buena cantidad de sangre, toda O negativo, los zancudos han dejado de zumbar y ahora se confunden con el verde aceituna predominante en el espacio. El reloj avanza: 6:32 minutos. Seis ojos abiertos, tres miradas fijas en el cielorraso de una habitación, como cada mañana a la misma hora, como cada noche antes de dormir.
Transcurría el mes de octubre de 1952. Atrás habían quedado Janeiro y las interminables hectáreas tapizadas de cultivos. Tras el asesinato de Gaitán en 1948, el conflicto bipartidista había alcanzado incluso a la población apolítica. Honorio Esguerra, su esposa y sus doce hijos, no fueron ajenos a la situación. Cuando el sol se ponía, se camuflaban en los cafetales; desde ahí observaban cómo los pájaros destruían la finca. Cada visita era un nuevo daño: sillas rotas, animales muertos y cosechas robadas. Noche tras noche era igual, noche tras noche corrían el riesgo de convertirse en merienda para carroñeros. Abandonar la tierra heredada de sus padres, no era el deseo de Carlina. No había más opción, perder el terruño o perder a su esposo e hijos. Con la idea de encontrar una trinchera donde los pájaros no pudieran cazarlos, se refugiaron en el casco urbano de Buga, un promisorio sector agrícola a orillas del Guadalajara. La violencia cambió sus vidas y ahora los llevaba de frente a su nueva verdad: una pared de ladrillo de barro y una puerta de lata.
El techo que ahora miran las tres hermanas no es el mismo de aquella época. Detrás de la fachada, se extendía un corredor con piso de tierra, cocina de bahareque y una gran ramada cubierta con más lata. Tampoco existían las grandes vigas de la finca donde el viejo solía colgarlos como castigo
pero, claro, no tardaron mucho en reaparecer.
La nostalgia no parece anidar en los recuerdos. Tan sólo son palabras empolvadas, un pasado abandonado en las montañas bugueñas. La mirada de Mery parece viajar en el tiempo y regresar a Janeiro. Una leve sonrisa, tal vez de perdón, aflora de sus labios (¿o es una nueva arruga?). ¿Perdón? Sí, perdón por los castigos del viejo. Sí, perdón por las súplicas de mamá. En una ocasión, comenta mientras sus ojos se pierden en la imagen del Señor de los Milagros, un mate de dulce nos costó una pela. Junto con dos de sus hermanos, cedió a la tentación y mientras todos dormían
No fue difícil descubrir a los culpables ni adivinar el castigo que les impondrían: fueron levantados a punta de fuete y colgados de las vigas del techo. Allí permanecieron todo el día, sin derecho a nada, sólo al hambre y a muñecas laceradas.
Aída y Mery se han puesto de pie. Llevan encima unas batas estampadas con grandes flores y arrastran sus chancletas de caucho. Raquel ha preferido aguardar en la cama. Para qué levantarse: el día tiene 24 horas y tan pocas cosas para hacer. La primera gran idea de la mañana es encender la radio, mitigar la soledad de las tres mujeres, esa soledad que durante la noche pareciera elevarse a la n potencia. Una hora más tarde, tras descubrir una línea nueva en el cielorraso, Raquel sale del dormitorio. Saluda a sus hermanas con una frase que bien podría ser un insulto; ellas creen que dice buenos días, pero ninguna está segura.
Frente a la vivienda y con el sudor resbalando por mi cabeza, doy tres golpes. A través del vidrio de la puerta descubro los fantasmas que custodian la casa. Uno de ellos está retirando los pétalos secos de las bifloras; otro, más sedentario, sólo escucha los consejos radiales de los tibetanos. Y el tercero, alertado por los golpes, apresura a ocultarse en la última habitación. El más cercano abre la puerta. El tono sepia de mi visión desaparece, también los fantasma lo hacen. Ahora sólo quedan 3 mujeres y un escenario a blanco y negro, como las fotografías de antaño que la mayor guarda bajo el colchón, como el color de sus cabellos y el de sus vestidos. El primer rostro que reconozco es el de Mery. Ha abandonado el cuidado de su jardín y está presta a regalarme su atención. Veintiún pasos más a lo largo del corredor y me hallo de frente al segundo fantasma: robusto, risueño y de delantal roto. Buenos días, Aídita. Y una respuesta esperada: Cómo le va. ¿Quién es usted? y no es la memoria la que falla, es ese berraco problema de los ojos, porque cuando yo nací mamá me orinó encima. No puedo ocultar la gracia que me produce escucharla, pero recuerdo que aún no he terminado de saludar. Media vuelta a la derecha y
Y AHÍ ESTÁ ELLA. Sentada en la inmutable silla roja, con las manos entre sus piernas y la punta de los pies rozando el suelo. ¿Está viva? No tardo mucho en averiguarlo. Al verme se pone de pie para darme un beso en la mejilla y preguntarme cómo estoy. Le respondo que bien y me aparto de su lado (el frío de sus labios no me trae buenos recuerdos).
Regreso a la sala y me quedo quieta, en silencio. Un par de minutos más tarde Aída camina hacia mí. Antes se ha detenido en el jardín para mirar el firmamento y ha pronosticado lluvias en la tarde, aunque el IDEAM asegura que hoy no se presentarán precipitaciones. Se sienta en el sillón contiguo y me comenta las medidas adoptadas por la administración local, habla de las noventa y seis motocicletas retenidas en la secretaría de tránsito desde el día anterior, de las predicciones de los hermanos Roland
¡Ah! Y del hijo de la prima segunda de mi abuela que murió hace poco de cáncer en el estómago. Quedó flaquito
como Darío. Y empieza una nueva historia. Es que Darío era cachetón, colorado, bajito y barrigón. Cuando nació... - ¡Ay! Ya Aída, cállese, interrumpe su hermana Mery. La temprana incapacidad visual, unida al hecho de no apartarse de sus padres sino hasta que murieron, convirtieron a la tía Aída en el libro donde reposan las memorias de la Familia. Su habilidad es tal que dibuja y desdibuja, aunque no en poco tiempo, el árbol genealógico de los Esguerra Soto. Siempre tiene pretexto para hablar (¿Será que siente la necesidad de suplir el silencio de su hermana Raquel?). Aunque salga poco de casa, cree conocer el mundo a través de la frecuencia radial 8.6 AM, Voces de Occidente, y de los comentarios de los visitantes, menos de los míos (si ella es casi ciega, yo soy casi muda).
Alguien me observa. Una cabeza emerge de la última habitación y desparece al instante. La escena se repite cada tres minutos, tal vez un poco más o un poco menos, que más da. ¿Le molestará mi presencia? Ja, ja. La mía y la de cualquiera. Ya es hora de que me vaya. No, no es así, no llevo ni media hora en la casa. En todo caso
me voy.
Porque a Raquel no le interesan los anuncios radiales, si el número de suerte para los acuarianos es el 12 o el 21, si la noche anterior mataron 1 o 10 personas. Porque no tiene cuentas que pagar en el banco y cree que los almuerzos familiares están envenenados para ella. Porque no acompaña entierros por temor a que le cierren las puertas del cementerio antes de salir (no es un temor injustificado). Porque rezar el rosario a las 4 de la tarde y escuchar la misa de las 6, desde su inmutable silla roja, bajo el marco de la puerta de la habitación, es suficiente ejercicio para un día. Porque en el mundo exterior están sus fantasmas y hace diecisiete meses pensó que la manera de derrotarlos era no volverlos a ver
Por eso
Mi partida sólo calma la sed de vigilancia. Ahora Raquel debe buscar un nuevo entretenimiento. Abandonar su silla y volver a sentarse 20 veces por minuto parece una buena opción. O tal vez se decida a correr por toda la casa y a estrellarse contra las paredes como solía hacerlo años atrás. ¿O le resultará más divertido imitar el sonido de un sapo?
Su juventud estuvo enmarcada por odios. Maldiciones que no cesaba de vociferar contra hermanos, cuñados y sobrinos. TODOS eran los culpables, ¿de qué? Nadie lo sabía. Era tan simple como decir que eran unos hijos de putas y merecían una muerta lenta y dolorosa. Pero no existía un por qué y, si ahora existe, nadie osa a comentarlo. Por tanto rencor Raquel está así. ¿Y cómo es así? Pues
loca o embrujada. ¿?
Hace diez años, al poco tiempo de la muerte del viejo, Aída y Mery despertaron con un fuerte ruido en el interior de la casa. El primer impulso fue invocar la protección del Señor de los Milagros. Mery cerró sus ojos y apretó contra su pecho un crucifijo de madera, intentó pronunciar alguna oración pero las olvidó, es que imagínese el susto
Con fuerzas de no se dónde, se pusieron de pie y llamaron por teléfono a uno de sus hermanos. Caminaron atraídas por el ruido y se detuvieron frente a la habitación de Raquel. Sus manos temblaban y no de frío. Empujaron la puerta y
Y AHÍ ESTABA ELLA, con la bata rasgada y el cabello más enmarañado de lo común. Se revolcaba en el piso, elevaba el dorso y descendía con violencia. Arañaba las paredes e intentaba aferrarse de la pata de la cama, pero era como si alguien la tirara hacia otro lado. DÉJEME, DÉJEME EN PAZ, era lo único que se entendía en medio de la algarabía. Los intentos por calmarla fueron en vano, sólo la fuerza de tres hombres pudo mantenerla quieta esa madrugada. Pero la escena se repitió por varios años y a cualquier hora.
A partir de ese momento comenzó un largo perigrinaje por psiquiatras, psicólogos, homeópatas, sacerdotes y espiritistas. Cada cual tenía su diagnóstico -neurosis, esquizofrenia, posesión de un espíritu, soledad, amargura, entre otros-, pero ninguno la salvación. Medicinas, riegos y oraciones, se convirtieron en el pan nuestro de cada día. Las tres mujeres se ubicaron en un solo cuarto, menguaron las salidas y no tuvieron reparo en intentar todo lo que llegaba a sus oídos y prometía la cura.
A pesar de los múltiples esfuerzos, los de médicos y brujos, los de sus hermanos y sobrinos, los de aquellos que tantas veces había injuriado, Raquel continúo un camino de
¿Locura o embrujamiento? Ya no se escuchan maldiciones, pero no es porque no las haya, sino porque las pronuncia en voz baja y en privado
Como es su vida: un murmullo en soledad.
Son las 7:30 p.m. El radio reloj acaba de anunciarlo y la obscuridad que envuelve el ambiente lo confirma. Seis ojos abiertos, tres miradas fijas en el cielorraso de la habitación, como cada noche a la misma hora, como cada mañana al despertar.