ENTRE EL GUERRERO Y SU FAMILIA
Ni el primero ni el último
Isabel no ha podido recuperarse del susto de la madrugada. El chasquido de sus uñas, la expresión de gravedad con que asiente a mis comentarios y su mirada a ratos fija en nada, la delatan. Hoy amaneció más temprano para ella. Su tranquilo sueño fue interrumpido por los gritos de una mujer. Sí, tranquilo en cursiva porque qué paz va a tener uno sabiendo que la familia se está quebrando el culo por allá en el monte. Tuc- tuc- tuc. Son golpes en la puerta y, desde el primer tuc, ella se ha puesto de pie. Su rostro queda más serio de lo habitual, respira por la boca y camina hasta la entrada. No me aparto de la realidad si afirmo que Isabel va recreando uno a uno los pasos de la mañana. Lleva en su memoria la figura agitada que golpeaba insistente la puerta roja de su casa y no se cansaba de llamar ¡Doña Marlene, doña Marlene!
No muy segura de estar despierta, Isabel prendió la bombilla de su cuarto. El fastidio que le produjo la luz, la obligó a apagarla. Se levantó y caminó hasta la sala apoyada en las paredes. Sus papás ya estaban retirando el seguro de la puerta; al abrirla, la figura agitada se convirtió en doña Marciala, la señora de la casa contigua. ¡Los muchachos, el radio, los muchachos! era lo más claro que pronunciaba la mujer mientras movía sus manos y se arreglaba los cuatro pelos rebeldes que hacían por veinte. ¡Qué sueño ni que ocho cuartos! ¿Quién se murió? ¿Cuáles muchachos? La que casi se muere es mi mamá cuando esa señora habló algo de los cadáveres de la Escuela de Policía. Se puso como loca, me cogió del brazo y empezó a decirme EL RADIO, EL RADIO, PRENDÉ EL RADIO. En el instante no sentí nada, pero después vi las marca de sus uñas sobre mi brazo (y eso que las tiene cortas).
Miércoles 18 de mayo, 5:30 a.m. El noticiero regional Radio Calidad informó sobre el asesinato de dos alumnos de la Escuela de Policías Simón Bolívar en Tulúa. Al parecer, los hechos fueron llevados a cabo mientras los jóvenes adelantaban una labor de inteligencia en cercanías al sector, expresó uno de los locutores. Mi papá se quedó callado, no sé si todavía estaba dormido o qué, demás que pensó que era una pesadilla o o ya está acostumbrado. No es el primer susto ni el último. Imaginate: tres soldados y ocho policías en tu familia yo no se como será cuando mis primas se vayan también para la Escuela. ¿Qué podemos esperar? Que en cualquier momento Isabel se arrepiente y agacha la cabeza. Tres segundos más tarde me mira, sonríe y aparta un crespo de su rostro.
Que los nombres de los jóvenes muertos no coincidieran con los de su hermano menor y su primo, no era razón suficiente para continuar con un día norm... ¿Cuál normal? Lo normal es vivir pendiente de que los medios anuncien combates o noticias como esas. Sobre la mesa se enfriaba una arepa de maíz y un huevo frito. No tengo hambre, con el café es suficiente es que ya me está cogiendo la tarde para ir al colegio. Al salir, Isabel cerró la puerta con fuerza. Doña Marlene ni la escuchó: estaba tan entregada a sus oraciones como a la radio. Toda la mañana esperaron que los medios de comunicación ampliaran la noticia y explicaran cómo era el cuento que unos alumnos estaban haciendo trabajo de inteligencia, ¿y es que nadie los cuidaba, pues?
Doña Marlene piensa que no prestó suficiente atención a los noticieros nacionales y por eso no pudo ver la noticia; Isabel cree que, como en tantas oportunidades, no les pareció importante y lo omitieron. ¿Por qué el resto del país no se podía dar cuenta de eso? Ahí es cuando uno dice que los noticieros no siempre dan las mejores noticias, no tienen en cuenta lo que nos interesa. El acontecimiento fue reseñado al medio día por el noticiero 90 Minutos: dos alumnos asesinados, consternación al interior de la Escuela, policías de luto, etc., etc. Dos muertos, por suerte alumnos que no eran de la familia: doña Marlene y su esposo desdibujaron una arruga de sus frentes, Isabel tomó algo más que café a la hora del almuerzo, pero uno no deja de pensar que así como fueron esos dos pastusitos, pudieron ser Geovanni y mi primo los muertos.
Censura personal
A veces me despierto a la madrugada y empiezo a pensar tantas cosas en mis hermanos, ¿cómo estarán? ¿vendrán pronto? Cuando caigo en cuenta, es que me estoy acordando de alguna noticia. Es como como si el televisor estuviera frente a mí. Isabel se pone de pie, se rasca la cabeza y mira todo su cuarto. En las paredes tiene varios afiches y cuadros con las fotografías de sus hermanos. Yo guardo silencio y espero, parece que quiere enseñarme algo pero no lo encuentra. Agranda sus ojos y sale corriendo para la habitación contigua. A su regreso, trae los ojos en su tamaño natural y una chuspa de plástico en su mano derecha: yo comparo las fotos que John me ha mandado con las imágenes de los noticieros, de pronto son los mismos lugares. A uno se le vienen muchas cosas a la cabeza y lo peor es que son cosas malas. Trato de quedarme callada para que mis papás no se asusten, apago el televisor o cambio de canal. ¡Hum! Mi mamá cree ver a John en todo militar. Isabel mueve la cabeza y tuerce los labios. Se estira hasta la ventana y aprovecha que no hay nadie cerca para confesarme que, cuando están pasando imágenes de guerrilleros, su mamá cree que son del ejército y dice ¡ay! Ve a Johncito. Hasta que no me entero bien qué es lo que ha pasado, no digo nada. Así deberían hacer los medios: comer callados hasta que no estén seguros de las cosas.
Es muy feo ver a esas personas que llevan tanto tiempo secuestradas. Por lo menos, ahora último que los pasaron, estaban tan flaquitos y sucios A uno no se le olvida que la familia corre mucho riesgo ojalá, Dios quiera, nunca les vaya a pasar. Su voz intenta quebrase, sin embargo termina la frase. El silencio se prolonga entre nosotras hasta que ella sufre un ataque de tos y un perro empieza a ladrar en la calle. Su rostro se ha enrojecido y presumo que una lágrima va desprenderse. ¿Será la tos o la conversación? ¿Hum? Después de tomar un poco de agua, Isabel retoma. Mis hermanos y yo nunca nos hemos puesto a hablar de eso. El otro día le pregunté a John que cómo le había ido con los combates y me respondió ah chévere, y no me dijo nada más. Tampoco le seguí preguntando, después de todo era suficiente con escucharlo y saber que estaba vivo. Es que a veces hay noticias sobre combates en la zona donde él está, pero no dicen nada claro y de repeso él no llama a la casa ni contesta el celular
Amenaza
Cuando me preguntan qué hacen mis hermanos, están fuera de acá, trabajan en una empresa. Es que, después de la muerte de mis tíos, por lo menos mi tío Chica y mi tío Miro, que eran los que quedaban en la policía, mandaron a las familias para otro lado mientras a ellos los trasladaban a un sitio mejor. Por eso es que uno se cuida de no hablar más de la cuenta. Isabel comenta que dos de sus tíos, miembros de la Policía Nacional, fueron asesinados hace trece años. Su mirada se ha vuelto a perder, ahora en una esquina de la habitación. Parece sumergirse en el pasado, en ese pasado que no recuerda muy bien pero que está latente en cada uno de sus hermanos, de sus tíos y sus primos. Ellos estaban de licencia y salieron en una moto a visitar a mis abuelos. No sé dicen que a mitad del camino unos tipos los estaban esperando y les metieron 64 tiros. Vuelve a visitarnos el silencio mientras ella revisa el interior de la chuspa con fotografías. Una crisis de tos amenaza con interrumpir, sin embargo es una falsa alarma. Hace una seña con la mano para que la espere un momento y por fin encuentra algo: todos en la casa guardan una copia de este periódico donde apareció la noticia Miralos a ellos, tan bobos, guardando recuerdos desagradables como si no tuvieran suficiente con los que llevan en la memoria. Baraja las fotografías y mira una con especial ternura: son sus abuelos en la finca de Venecia, un pueblo ubicado en la zona rural del Municipio de Trujillo. La violencia partidista de finales de los 80´ no respetó ni a los amigos, desterró mal herido a su abuelo y, detrás de él, a toda su familia. Isabel continúa. Su expresión varía: sonríe ante la infancia de sus hermanos y se avergüenza ante la propia, traga grueso al ver a sus tíos uniformados y larga una carcajada al descubrir a su mamá luciendo un enorme copete. Se detiene en la siguiente: muerde sus labios y acerca a mis manos la imagen de unos niños sosteniendo un perro. No sé ¿Serán John y Geovanni? ¡Se parecen! Nunca he sido buena para las adivinanzas: me da pesar de mis primos, ellos tienen más o menos mi edad y ya han tenido que sufrir todo eso que se les muera el papá. Tenaz.
Al terminar, toma aire y se pone de pie. Me da la espalda e intenta huir. Tras el segundo paso se detiene y me mira: no puede seguir ocultando sus temores. Yo la observo desde el suelo y callo porque sus ojos, llenos de ese brillo que la acompaña con tan sólo escuchar a sus hermanos, han empezado a hablar:
A mí me queda el consuelo de que los muchachos están vivos, a pesar de que cada mañana es una nueva preocupación, una nueva zozobra como hoy ESE MALDITO MIEDO DE PRENDER EL TELEVISOR Y ENTERARME DE QUE ES MI TURNO: la hora de llorar la muerte de mis hermanos O A CUALQUIERA no se te olvide que son tres y ocho. No, Isabel. No se me olvida.