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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://alejandraesguerra.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>Alejaj</title><description>Bienvenidos a mis primeros pasos...</description><link>https://alejandraesguerra.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>SOLEDAD ELEVADA A LA N POTENCIA</title><link>https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/072702-soledad-elevada-a-la-n-potencia.php</link><guid isPermaLink="true">https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/072702-soledad-elevada-a-la-n-potencia.php</guid><description><![CDATA[Son las 6:30 de la mañana. El radio reloj acaba de anunciarlo y una débil luz, procedente del patio trasero, lo confirma. El bochorno propio de los días soleados se cuela por una malla ubicada en la parte superior de una pared, un angeo que no varían desde hace dieciséis años y que intenta ocultar un agujero de 70 por 30 centímetros (la única ventana de la habitación). Después de absorber buena cantidad de sangre, toda O negativo, los zancudos han dejado de zumbar y ahora se confunden con el verde aceituna predominante en el espacio. El reloj avanza: 6:32 minutos. Seis ojos abiertos, tres miradas fijas en el cielorraso de una habitación, como cada mañana a la misma hora, como cada noche antes de dormir. <br><br>Transcurría el mes de octubre de 1952. Atrás habían quedado Janeiro y las interminables hectáreas tapizadas de cultivos. Tras el asesinato de Gaitán en 1948, el conflicto bipartidista había alcanzado incluso a la población apolítica. Honorio Esguerra, su esposa y sus doce hijos, no fueron ajenos a la situación. Cuando el sol se ponía, se camuflaban en los cafetales; desde ahí observaban cómo los pájaros destruían la finca. Cada visita era un nuevo daño: sillas rotas, animales muertos y cosechas robadas. Noche tras noche era igual, noche tras noche corrían el riesgo de convertirse en merienda para carroñeros. Abandonar la tierra heredada de sus padres, no era el deseo de Carlina. No había más opción, perder el terruño o perder a su esposo e hijos. Con la idea de encontrar una trinchera donde los pájaros no pudieran cazarlos, se refugiaron en el casco urbano de Buga, un promisorio sector agrícola a orillas del Guadalajara. La violencia cambió sus vidas y ahora los llevaba de frente a su nueva verdad: una pared de ladrillo de barro y una puerta de lata.<br><br>El techo que ahora miran las tres hermanas no es el mismo de aquella época. Detrás de la fachada,  se extendía un corredor con piso de tierra, cocina de bahareque y una gran ramada cubierta con más lata. Tampoco existían las grandes vigas de la finca donde el viejo solía colgarlos como castigo pero, claro, no tardaron mucho en reaparecer.<br><br>La nostalgia no parece anidar en los recuerdos. Tan sólo son palabras empolvadas, un pasado abandonado en las montañas bugueñas. La mirada de Mery parece viajar en el tiempo y regresar a Janeiro. Una leve sonrisa, tal vez de perdón, aflora de sus labios (¿o es una nueva arruga?). ¿Perdón? Sí, perdón por los castigos del viejo. Sí, perdón por las súplicas de mamá. En una ocasión, comenta mientras sus ojos se pierden en la imagen del Señor de los Milagros, un mate de dulce nos costó una pela. Junto con dos de sus hermanos, cedió a la tentación y mientras todos dormían No fue difícil descubrir a los culpables ni adivinar el castigo que les impondrían: fueron levantados a punta de fuete y colgados de las vigas del techo. Allí permanecieron todo el día, sin derecho a nada, sólo al hambre y a muñecas laceradas. <br><br>Aída y Mery se han puesto de pie. Llevan encima unas batas estampadas con grandes flores y arrastran sus chancletas de caucho. Raquel ha preferido aguardar en la cama. Para qué levantarse: el día tiene 24 horas y tan pocas cosas para hacer. La primera gran idea de la mañana es encender la radio, mitigar la soledad de las tres mujeres, esa soledad que durante la noche pareciera elevarse a la n potencia. Una hora más tarde, tras descubrir una línea nueva en el cielorraso, Raquel sale del dormitorio. Saluda a sus hermanas con una frase que bien podría ser un insulto; ellas creen que dice buenos días, pero ninguna está segura. <br><br>Frente a la vivienda y con el sudor resbalando por mi cabeza, doy tres golpes. A través del vidrio de la puerta descubro los fantasmas que custodian la casa. Uno de ellos está retirando los pétalos secos de las bifloras; otro, más sedentario, sólo escucha los consejos radiales de los tibetanos. Y el tercero, alertado por los golpes, apresura a ocultarse en la última habitación. El más cercano  abre la puerta. El tono sepia de mi visión desaparece, también los fantasma lo hacen. Ahora sólo quedan 3 mujeres y un escenario a blanco y negro, como las fotografías de antaño que la mayor guarda bajo el colchón, como el color de sus cabellos y el de sus vestidos. El primer rostro que reconozco es el de Mery. Ha abandonado el cuidado de su jardín y está presta a regalarme su atención. Veintiún pasos más a lo largo del corredor y me hallo de frente al segundo fantasma: robusto, risueño y de delantal roto. Buenos días, Aídita. Y una respuesta esperada: Cómo le va. ¿Quién es usted? y no es la memoria la que falla, es ese berraco problema de los ojos, porque cuando yo nací mamá me orinó encima. No puedo ocultar la gracia que me produce escucharla, pero recuerdo que aún no he terminado de saludar. Media vuelta a la derecha y Y AHÍ ESTÁ ELLA. Sentada en la inmutable silla roja, con las manos entre sus piernas y la punta de los pies rozando el suelo. ¿Está viva? No tardo mucho en averiguarlo. Al verme se pone de pie para darme un beso en la mejilla y preguntarme cómo estoy. Le respondo que bien y me aparto de su lado (el frío de sus labios no me trae buenos recuerdos).<br>Regreso a la sala y me quedo quieta, en silencio. Un par de minutos más tarde Aída camina hacia mí. Antes se ha detenido en el jardín para mirar el firmamento y ha pronosticado lluvias en la tarde, aunque el IDEAM asegura que hoy no se presentarán precipitaciones. Se sienta en el sillón contiguo y me comenta las medidas adoptadas por la administración local, habla de las noventa y seis motocicletas retenidas en la secretaría de tránsito desde el día anterior, de las predicciones de los hermanos Roland ¡Ah! Y del hijo de la prima segunda de mi abuela que murió hace poco de cáncer en el estómago. Quedó flaquito como Darío. Y empieza una nueva historia. Es que Darío era cachetón, colorado, bajito y barrigón. Cuando nació... - ¡Ay! Ya Aída, cállese, interrumpe su hermana Mery. La temprana incapacidad visual, unida al hecho de no apartarse de sus padres sino hasta que murieron, convirtieron a la tía Aída en el libro donde reposan las memorias de la Familia.  Su habilidad es tal que dibuja y desdibuja, aunque no en poco tiempo, el árbol genealógico de los Esguerra Soto. Siempre tiene pretexto para hablar (¿Será que siente la necesidad de suplir el silencio de su hermana Raquel?). Aunque salga poco de casa, cree conocer el mundo a través de la frecuencia radial 8.6 AM, Voces de Occidente, y de los comentarios de los visitantes, menos de los míos (si ella es casi ciega, yo soy casi muda). <br><br>Alguien me observa. Una cabeza emerge de la última habitación y desparece al instante. La escena se repite cada tres minutos, tal vez un poco más o un poco menos, que más da. ¿Le molestará mi presencia? Ja, ja. La mía y la de cualquiera. Ya es hora de que me vaya. No, no es así, no llevo ni media hora en la casa. En todo caso me voy.<br>Porque a Raquel no le interesan los anuncios radiales, si el número de suerte para los acuarianos es el 12 o el 21, si la noche anterior mataron 1 o 10 personas. Porque no tiene cuentas que pagar en el banco y cree que los almuerzos familiares están envenenados para ella. Porque no acompaña entierros por temor a que le cierren las puertas del cementerio antes de salir (no es un temor injustificado). Porque rezar el rosario a las 4 de la tarde y escuchar la misa de las 6, desde su inmutable silla roja, bajo el marco de la puerta de la habitación, es suficiente ejercicio para un día. Porque en el mundo exterior están sus fantasmas y hace diecisiete meses pensó  que la manera de derrotarlos era no volverlos a ver Por eso<br><br>Mi partida sólo calma la sed de vigilancia. Ahora Raquel debe buscar un nuevo entretenimiento. Abandonar su silla y volver a sentarse 20 veces por minuto parece una buena opción. O tal vez se decida a correr por toda la casa y a estrellarse contra las paredes como solía hacerlo años atrás. ¿O le resultará más divertido imitar el sonido de un sapo? <br><br>Su juventud estuvo enmarcada por odios. Maldiciones que no cesaba de vociferar contra hermanos, cuñados y sobrinos. TODOS eran los culpables, ¿de qué? Nadie lo sabía. Era tan simple como decir que eran unos hijos de putas y merecían una muerta lenta y dolorosa. Pero no existía un por qué  y, si ahora existe, nadie osa a comentarlo. Por tanto rencor Raquel está así. ¿Y cómo es así?  Pues loca o embrujada. ¿?<br>Hace diez años, al poco tiempo de la muerte del viejo, Aída y Mery despertaron con un fuerte ruido en el interior de la casa. El primer impulso fue invocar la protección del Señor de los Milagros. Mery cerró sus ojos y apretó contra su pecho un crucifijo de madera, intentó pronunciar alguna oración pero las olvidó, es que imagínese el susto Con fuerzas de no se dónde, se pusieron de pie y llamaron por teléfono a uno de sus hermanos. Caminaron atraídas por el ruido y se detuvieron frente a la habitación de Raquel. Sus manos temblaban y no de frío. Empujaron la puerta y Y AHÍ ESTABA ELLA, con la bata rasgada y el cabello más enmarañado de lo común. Se revolcaba en el piso, elevaba el dorso y descendía con violencia. Arañaba las paredes e intentaba aferrarse de la pata de la cama, pero era como si alguien la tirara hacia otro lado. DÉJEME, DÉJEME EN PAZ, era lo único que se entendía en medio de la algarabía. Los intentos por calmarla fueron en vano, sólo la fuerza de tres hombres pudo mantenerla quieta esa madrugada. Pero la escena se repitió por varios años y a cualquier hora. <br>A partir de ese momento comenzó un largo perigrinaje por psiquiatras, psicólogos, homeópatas, sacerdotes y espiritistas. Cada cual tenía su diagnóstico -neurosis, esquizofrenia, posesión de un espíritu, soledad, amargura, entre otros-,  pero ninguno la salvación.  Medicinas, riegos y oraciones, se convirtieron en el pan nuestro de cada día. Las tres mujeres se ubicaron en un solo cuarto, menguaron las salidas y no tuvieron reparo en intentar todo lo que llegaba a sus oídos y prometía la cura. <br><br>A pesar de los múltiples esfuerzos, los de médicos y brujos, los de sus hermanos y sobrinos, los de aquellos que tantas veces había injuriado, Raquel continúo un camino de ¿Locura o embrujamiento?   Ya no se escuchan maldiciones, pero no es porque no las haya, sino porque las pronuncia en voz baja y en privado Como es su vida: un murmullo en soledad.<br><br>Son las 7:30 p.m. El radio reloj acaba de anunciarlo y la obscuridad que envuelve el ambiente lo confirma. Seis ojos abiertos, tres miradas fijas en el cielorraso de la habitación, como cada noche a la misma hora, como cada mañana al despertar.]]></description><pubDate>Wed, 27 Jul 2005 22:49:00 +0000</pubDate></item><item><title>ENTRE EL GUERRERO Y SU FAMILIA</title><link>https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/072701-entre-el-guerrero-y-su-familia.php</link><guid isPermaLink="true">https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/072701-entre-el-guerrero-y-su-familia.php</guid><description><![CDATA[En medio de esa masa que custodia la patria, vestida de camuflado y fusil al hombro, se esconden las diferencias: tan pequeñas como un apellido unido al disfraz con hilo verde para que no desentone con el monte ni discuta con la ecología-, tan grande como padres, hermanos, hijos, abuelos y tíos, habitantes de la memoria, el sentimiento y algún lugar de la geografía colombiana. Isabel Cristina Jiménez Silva lo sabe y desearía que alguien más lo comprendiera: puede que a muchas personas les de igual que los medios anuncien la muerte de seis soldados y ya, sin nombres, TODOS los soldados son iguales. Pero para uno no es lo mismo. Es como si hubiera seis posibilidades de que tu hermano o tu tío estuvieran muertos. <br><br> <br>Ni el primero ni el último<br>Isabel no ha podido recuperarse del susto de la madrugada. El chasquido de sus uñas, la expresión de gravedad con que asiente a mis comentarios y su mirada a ratos fija en nada, la delatan.  Hoy amaneció más temprano para ella. Su tranquilo sueño fue interrumpido por los gritos de una mujer. Sí, tranquilo en cursiva porque qué paz va a tener uno sabiendo que la familia se está quebrando el culo por allá en el monte.  Tuc- tuc- tuc.  Son golpes en la puerta y, desde el primer tuc, ella se ha puesto de pie. Su rostro queda más serio de lo habitual, respira por la boca y camina hasta la entrada. No me aparto de la realidad si afirmo que Isabel va recreando uno a uno los pasos de la mañana. Lleva en su memoria la figura agitada que golpeaba insistente la puerta roja de su casa y no se cansaba de llamar ¡Doña Marlene, doña Marlene! <br>No muy segura de estar despierta, Isabel prendió la bombilla de su cuarto. El fastidio que le produjo la luz, la obligó a apagarla. Se levantó y caminó hasta la sala apoyada en las paredes. Sus papás ya estaban retirando el seguro de la puerta; al abrirla, la figura agitada se convirtió en doña Marciala, la señora de la casa contigua. ¡Los muchachos, el radio, los muchachos! era lo más claro que pronunciaba la mujer mientras movía sus manos y se arreglaba los cuatro pelos rebeldes que hacían por veinte. ¡Qué sueño ni que ocho cuartos! ¿Quién se murió? ¿Cuáles muchachos? La que casi se muere es mi mamá cuando esa señora habló algo de los cadáveres de la Escuela de Policía. Se puso como loca, me cogió del brazo y empezó a decirme EL RADIO, EL RADIO, PRENDÉ EL RADIO. En el instante no sentí nada, pero después vi las marca de sus uñas sobre mi brazo (y eso que las tiene cortas). <br>Miércoles 18 de mayo, 5:30 a.m. El noticiero regional Radio Calidad informó sobre el asesinato de dos alumnos de la Escuela de Policías Simón Bolívar en Tulúa. Al parecer, los hechos fueron llevados a cabo mientras los jóvenes adelantaban una labor de inteligencia en cercanías al sector, expresó uno de los locutores. Mi papá se quedó callado, no sé si todavía estaba dormido o qué, demás que pensó que era una pesadilla o o ya está acostumbrado. No es el primer susto ni el último. Imaginate: tres soldados y ocho policías en tu familia yo no se como será cuando mis primas se vayan también para la Escuela. ¿Qué podemos esperar? Que en cualquier momento Isabel se arrepiente y agacha la cabeza. Tres segundos más tarde me mira, sonríe y aparta un crespo de su rostro.<br>Que los nombres de los jóvenes muertos no coincidieran con los de su hermano menor y su primo, no era razón suficiente para continuar con un día norm... ¿Cuál normal? Lo normal es vivir pendiente de que los medios anuncien combates o noticias como esas. Sobre la mesa se enfriaba una arepa de maíz y un huevo frito. No tengo hambre, con el café es suficiente es que ya me está cogiendo la tarde para ir al colegio. Al salir, Isabel cerró la puerta con fuerza. Doña Marlene ni la escuchó: estaba tan entregada a sus oraciones como a la radio. Toda la mañana esperaron que los medios de comunicación ampliaran la noticia y explicaran cómo era el cuento que unos alumnos estaban haciendo trabajo de inteligencia, ¿y es que nadie los cuidaba, pues? <br>Doña Marlene piensa que no prestó suficiente atención a los noticieros nacionales y por eso no pudo ver la noticia; Isabel cree que, como en tantas oportunidades, no les pareció importante y lo omitieron. ¿Por qué el resto del país no se podía dar cuenta de eso? Ahí es cuando uno dice que los noticieros no siempre dan las mejores noticias, no tienen en cuenta lo que nos interesa. El acontecimiento fue reseñado al medio día por el noticiero 90 Minutos: dos alumnos asesinados, consternación al interior de la Escuela, policías de luto, etc., etc.  Dos muertos, por suerte alumnos que no eran de la familia: doña Marlene y su esposo desdibujaron una arruga de sus frentes, Isabel tomó algo más que café a la hora del almuerzo, pero uno no deja de pensar que así como fueron esos dos pastusitos, pudieron ser Geovanni y mi primo los muertos. <br><br>	Censura  personal <br>A veces me despierto a la madrugada y empiezo a pensar tantas cosas en mis hermanos, ¿cómo estarán? ¿vendrán pronto? Cuando caigo en cuenta, es que me estoy acordando de alguna noticia. Es como como si el televisor estuviera frente a mí.  Isabel se pone de pie, se rasca la cabeza y mira todo su cuarto. En las paredes tiene varios afiches y cuadros con las fotografías de sus hermanos. Yo guardo silencio y espero, parece que quiere enseñarme algo pero no lo encuentra. Agranda sus ojos y sale corriendo para la habitación contigua. A su regreso, trae los ojos en su tamaño natural y una chuspa de plástico en su mano derecha: yo comparo las fotos que John me ha mandado con las imágenes de los noticieros, de pronto son los mismos lugares. A uno se le vienen muchas cosas a la cabeza y lo peor es que son cosas malas. Trato de quedarme callada para que mis papás no se asusten, apago el televisor o cambio de canal. ¡Hum! Mi mamá cree ver a John en todo militar. Isabel mueve la cabeza y tuerce los labios. Se estira hasta la ventana y aprovecha que no hay nadie cerca para confesarme que, cuando están pasando imágenes de guerrilleros, su mamá cree que son del ejército y dice ¡ay! Ve a Johncito.  Hasta que no me entero bien qué es lo que ha pasado, no digo nada. Así deberían hacer los medios: comer callados hasta que no estén seguros de las cosas. <br>Es muy feo ver a esas personas que llevan tanto tiempo secuestradas. Por lo menos, ahora último que los pasaron, estaban tan flaquitos y sucios A uno no se le olvida que la familia corre mucho riesgo ojalá, Dios quiera, nunca les vaya a pasar. Su voz intenta quebrase, sin embargo termina la frase. El silencio se prolonga entre nosotras hasta que ella sufre un ataque de tos y un perro empieza a ladrar en la calle. Su rostro se ha enrojecido y presumo que una lágrima va desprenderse. ¿Será la tos o la conversación? ¿Hum? Después de tomar un poco de agua, Isabel retoma. Mis hermanos y yo nunca nos hemos puesto a hablar de eso. El otro día le pregunté a John que cómo le había ido con los combates y me respondió ah chévere, y no me dijo nada más. Tampoco le seguí preguntando, después de todo era suficiente con escucharlo y saber que estaba vivo. Es que a veces hay noticias sobre combates en la zona donde él está, pero no dicen nada claro y de repeso él no llama a la casa ni contesta el celular <br><br>Amenaza<br>Cuando me preguntan qué hacen mis hermanos, están fuera de acá, trabajan en una empresa. Es que, después de la muerte de mis tíos, por lo menos mi tío Chica y mi tío Miro, que eran los que quedaban en la policía, mandaron a las familias para otro lado mientras a ellos los trasladaban a un sitio mejor. Por eso es que uno se cuida de no hablar más de la cuenta. Isabel comenta que dos de sus tíos, miembros de la Policía Nacional, fueron asesinados hace trece años. Su mirada se ha vuelto a perder, ahora en una esquina de la habitación. Parece sumergirse en el pasado, en ese pasado que no recuerda muy bien pero que está latente en cada uno de sus hermanos, de sus tíos y sus primos. Ellos estaban de licencia y salieron en una moto a visitar a mis abuelos. No sé dicen que a mitad del camino unos tipos los estaban esperando y les metieron 64 tiros. Vuelve a visitarnos el silencio mientras ella revisa el interior de la chuspa con fotografías. Una crisis de tos amenaza con interrumpir, sin embargo es una falsa alarma. Hace una seña con la mano para que la espere un momento y por fin encuentra algo: todos en la casa guardan una copia de este periódico donde apareció la noticia Miralos a ellos, tan bobos, guardando recuerdos desagradables como si no tuvieran suficiente con los que llevan en la memoria. Baraja las fotografías y mira una con especial ternura: son sus abuelos en la finca de Venecia, un pueblo ubicado en la zona rural del Municipio de Trujillo. La violencia partidista de finales de los 80´ no respetó ni a los amigos, desterró mal herido a su abuelo y, detrás de él, a toda su familia. Isabel continúa. Su expresión varía: sonríe ante la infancia de sus hermanos y se avergüenza ante la propia,  traga grueso al ver a sus tíos uniformados y larga una carcajada al descubrir a su mamá luciendo un enorme copete. Se detiene en la siguiente: muerde sus labios y acerca a mis manos la imagen de unos niños sosteniendo un perro. No sé ¿Serán John y Geovanni? ¡Se parecen! Nunca he sido buena para las adivinanzas: me da pesar de mis primos, ellos tienen más o menos mi edad y ya han tenido que sufrir todo esoque se les muera el papá. Tenaz. <br>Al terminar, toma aire y se pone de pie. Me da la espalda e intenta huir. Tras el segundo paso se detiene y me mira: no puede seguir ocultando sus temores. Yo la observo desde el suelo y callo porque sus ojos, llenos de ese brillo que la acompaña con tan sólo escuchar a sus hermanos, han empezado a hablar: <br> <br><br>A mí me queda el consuelo de que los muchachos están vivos, a pesar de que cada mañana es una nueva preocupación, una nueva zozobra como hoy ESE MALDITO MIEDO DE PRENDER EL TELEVISOR Y ENTERARME DE QUE ES MI TURNO: la hora de llorar la muerte de mis hermanos O A CUALQUIERA no se te olvide que son tres y ocho.   No, Isabel. No se me olvida.]]></description><pubDate>Wed, 27 Jul 2005 22:44:00 +0000</pubDate></item><item><title>ENTRE EL GUERRERO Y SU FAMILIA</title><link>https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/052801-entre-el-guerrero-y-su-familia.php</link><guid isPermaLink="true">https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/052801-entre-el-guerrero-y-su-familia.php</guid><description><![CDATA[En medio de esa masa que custodia la patria, vestida de camuflado y fusil al hombro, se esconden las diferencias: tan pequeñas como un apellido unido al disfraz con hilo verde para que no desentone con el monte ni discuta con la ecología-, tan grande como padres, hermanos, hijos, abuelos y tíos, habitantes de la memoria, el sentimiento y algún lugar de la geografía colombiana. Isabel Cristina Jiménez Silva lo sabe y desearía que alguien más lo comprendiera: puede que a muchas personas les de igual que los medios anuncien la muerte de seis soldados y ya, sin nombres, TODOS los soldados son iguales. Pero para uno no es lo mismo. Es como si hubiera seis posibilidades de que tu hermano o tu tío estuvieran muertos. <br><br> <br>Ni el primero ni el último<br>Isabel no ha podido recuperarse del susto de la madrugada. El chasquido de sus uñas, la expresión de gravedad con que asiente a mis comentarios y su mirada a ratos fija en nada, la delatan.  Hoy amaneció más temprano para ella. Su tranquilo sueño fue interrumpido por los gritos de una mujer. Sí, tranquilo en cursiva porque qué paz va a tener uno sabiendo que la familia se está quebrando el culo por allá en el monte.  Tuc- tuc- tuc.  Son golpes en la puerta y, desde el primer tuc, ella se ha puesto de pie. Su rostro queda más serio de lo habitual, respira por la boca y camina hasta la entrada. No me aparto de la realidad si afirmo que Isabel va recreando uno a uno los pasos de la mañana. Lleva en su memoria la figura agitada que golpeaba insistente la puerta roja de su casa y no se cansaba de llamar ¡Doña Marlene, doña Marlene! <br>No muy segura de estar despierta, Isabel prendió la bombilla de su cuarto. El fastidio que le produjo la luz, la obligó a apagarla. Se levantó y caminó hasta la sala apoyada en las paredes. Sus papás ya estaban retirando el seguro de la puerta; al abrirla, la figura agitada se convirtió en doña Marciala, la señora de la casa contigua. ¡Los muchachos, el radio, los muchachos! era lo más claro que pronunciaba la mujer mientras movía sus manos y se arreglaba los cuatro pelos rebeldes que hacían por veinte. ¡Qué sueño ni que ocho cuartos! ¿Quién se murió? ¿Cuáles muchachos? La que casi se muere es mi mamá cuando esa señora habló algo de los cadáveres de la Escuela de Policía. Se puso como loca, me cogió del brazo y empezó a decirme EL RADIO, EL RADIO, PRENDÉ EL RADIO. En el instante no sentí nada, pero después vi las marca de sus uñas sobre mi brazo (y eso que las tiene cortas). <br>Miércoles 18 de mayo, 5:30 a.m. El noticiero regional Radio Calidad informó sobre el asesinato de dos alumnos de la Escuela de Policías Simón Bolívar en Tulúa. Al parecer, los hechos fueron llevados a cabo mientras los jóvenes adelantaban una labor de inteligencia en cercanías al sector, expresó uno de los locutores. Mi papá se quedó callado, no sé si todavía estaba dormido o qué, demás que pensó que era una pesadilla o o ya está acostumbrado. No es el primer susto ni el último. Imaginate: tres soldados y ocho policías en tu familia yo no se como será cuando mis primas se vayan también para la Escuela. ¿Qué podemos esperar? Que en cualquier momento Isabel se arrepiente y agacha la cabeza. Tres segundos más tarde me mira, sonríe y aparta un crespo de su rostro.<br>Que los nombres de los jóvenes muertos no coincidieran con los de su hermano menor y su primo, no era razón suficiente para continuar con un día norm... ¿Cuál normal? Lo normal es vivir pendiente de que los medios anuncien combates o noticias como esas. Sobre la mesa se enfriaba una arepa de maíz y un huevo frito. No tengo hambre, con el café es suficiente es que ya me está cogiendo la tarde para ir al colegio. Al salir, Isabel cerró la puerta con fuerza. Doña Marlene ni la escuchó: estaba tan entregada a sus oraciones como a la radio. Toda la mañana esperaron que los medios de comunicación ampliaran la noticia y explicaran cómo era el cuento que unos alumnos estaban haciendo trabajo de inteligencia, ¿y es que nadie los cuidaba, pues? <br>Doña Marlene piensa que no prestó suficiente atención a los noticieros nacionales y por eso no pudo ver la noticia; Isabel cree que, como en tantas oportunidades, no les pareció importante y lo omitieron. ¿Por qué el resto del país no se podía dar cuenta de eso? Ahí es cuando uno dice que los noticieros no siempre dan las mejores noticias, no tienen en cuenta lo que nos interesa. El acontecimiento fue reseñado al medio día por el noticiero 90 Minutos: dos alumnos asesinados, consternación al interior de la Escuela, policías de luto, etc., etc.  Dos muertos, por suerte alumnos que no eran de la familia: doña Marlene y su esposo desdibujaron una arruga de sus frentes, Isabel tomó algo más que café a la hora del almuerzo, pero uno no deja de pensar que así como fueron esos dos pastusitos, pudieron ser Geovanni y mi primo los muertos. <br><br>	Censura  personal <br>A veces me despierto a la madrugada y empiezo a pensar tantas cosas en mis hermanos, ¿cómo estarán? ¿vendrán pronto? Cuando caigo en cuenta, es que me estoy acordando de alguna noticia. Es como como si el televisor estuviera frente a mí.  Isabel se pone de pie, se rasca la cabeza y mira todo su cuarto. En las paredes tiene varios afiches y cuadros con las fotografías de sus hermanos. Yo guardo silencio y espero, parece que quiere enseñarme algo pero no lo encuentra. Agranda sus ojos y sale corriendo para la habitación contigua. A su regreso, trae los ojos en su tamaño natural y una chuspa de plástico en su mano derecha: yo comparo las fotos que John me ha mandado con las imágenes de los noticieros, de pronto son los mismos lugares. A uno se le vienen muchas cosas a la cabeza y lo peor es que son cosas malas. Trato de quedarme callada para que mis papás no se asusten, apago el televisor o cambio de canal. ¡Hum! Mi mamá cree ver a John en todo militar. Isabel mueve la cabeza y tuerce los labios. Se estira hasta la ventana y aprovecha que no hay nadie cerca para confesarme que, cuando están pasando imágenes de guerrilleros, su mamá cree que son del ejército y dice ¡ay! Ve a Johncito.  Hasta que no me entero bien qué es lo que ha pasado, no digo nada. Así deberían hacer los medios: comer callados hasta que no estén seguros de las cosas. <br>Es muy feo ver a esas personas que llevan tanto tiempo secuestradas. Por lo menos, ahora último que los pasaron, estaban tan flaquitos y sucios A uno no se le olvida que la familia corre mucho riesgo ojalá, Dios quiera, nunca les vaya a pasar. Su voz intenta quebrase, sin embargo termina la frase. El silencio se prolonga entre nosotras hasta que ella sufre un ataque de tos y un perro empieza a ladrar en la calle. Su rostro se ha enrojecido y presumo que una lágrima va desprenderse. ¿Será la tos o la conversación? ¿Hum? Después de tomar un poco de agua, Isabel retoma. Mis hermanos y yo nunca nos hemos puesto a hablar de eso. El otro día le pregunté a John que cómo le había ido con los combates y me respondió ah chévere, y no me dijo nada más. Tampoco le seguí preguntando, después de todo era suficiente con escucharlo y saber que estaba vivo. Es que a veces hay noticias sobre combates en la zona donde él está, pero no dicen nada claro y de repeso él no llama a la casa ni contesta el celular <br><br>Amenaza<br>Cuando me preguntan qué hacen mis hermanos, están fuera de acá, trabajan en una empresa. Es que, después de la muerte de mis tíos, por lo menos mi tío Chica y mi tío Miro, que eran los que quedaban en la policía, mandaron a las familias para otro lado mientras a ellos los trasladaban a un sitio mejor. Por eso es que uno se cuida de no hablar más de la cuenta. Isabel comenta que dos de sus tíos, miembros de la Policía Nacional, fueron asesinados hace trece años. Su mirada se ha vuelto a perder, ahora en una esquina de la habitación. Parece sumergirse en el pasado, en ese pasado que no recuerda muy bien pero que está latente en cada uno de sus hermanos, de sus tíos y sus primos. Ellos estaban de licencia y salieron en una moto a visitar a mis abuelos. No sé dicen que a mitad del camino unos tipos los estaban esperando y les metieron 64 tiros. Vuelve a visitarnos el silencio mientras ella revisa el interior de la chuspa con fotografías. Una crisis de tos amenaza con interrumpir, sin embargo es una falsa alarma. Hace una seña con la mano para que la espere un momento y por fin encuentra algo: todos en la casa guardan una copia de este periódico donde apareció la noticia Miralos a ellos, tan bobos, guardando recuerdos desagradables como si no tuvieran suficiente con los que llevan en la memoria. Baraja las fotografías y mira una con especial ternura: son sus abuelos en la finca de Venecia, un pueblo ubicado en la zona rural del Municipio de Trujillo. La violencia partidista de finales de los 80´ no respetó ni a los amigos, desterró mal herido a su abuelo y, detrás de él, a toda su familia. Isabel continúa. Su expresión varía: sonríe ante la infancia de sus hermanos y se avergüenza ante la propia,  traga grueso al ver a sus tíos uniformados y larga una carcajada al descubrir a su mamá luciendo un enorme copete. Se detiene en la siguiente: muerde sus labios y acerca a mis manos la imagen de unos niños sosteniendo un perro. No sé ¿Serán John y Geovanni? ¡Se parecen! Nunca he sido buena para las adivinanzas: me da pesar de mis primos, ellos tienen más o menos mi edad y ya han tenido que sufrir todo esoque se les muera el papá. Tenaz. <br>Al terminar, toma aire y se pone de pie. Me da la espalda e intenta huir. Tras el segundo paso se detiene y me mira: no puede seguir ocultando sus temores. Yo la observo desde el suelo y callo porque sus ojos, llenos de ese brillo que la acompaña con tan sólo escuchar a sus hermanos, han empezado a hablar: <br> <br><br>A mí me queda el consuelo de que los muchachos están vivos, a pesar de que cada mañana es una nueva preocupación, una nueva zozobra como hoy ESE MALDITO MIEDO DE PRENDER EL TELEVISOR Y ENTERARME DE QUE ES MI TURNO: la hora de llorar la muerte de mis hermanos O A CUALQUIERA no se te olvide que son tres y ocho.  	 No, no se me olvida.]]></description><pubDate>Sun, 29 May 2005 16:20:00 +0000</pubDate></item><item><title>SOLEDAD ELEVADA A LA N POTENCIA</title><link>https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/051201-soledad-elevada-a-la-n-potencia.php</link><guid isPermaLink="true">https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/051201-soledad-elevada-a-la-n-potencia.php</guid><description><![CDATA[Los primeros rayos del sol se cuelan por el angeo que cubre un agujero de 70 por 30 de centímetros en la parte superior de la pared. Tan poco eficiente resulta la malla para impedir el paso de la luz, como para el frío y el polvo. Los insectos, como las visitas, prefieren entrar por la puerta así no hayan sido invitados. El radio reloj marca las 6: 30 a.m. Seis ojos abiertos, 3 miradas fijas en el cielorraso de una habitación, como cada mañana a la misma hora, como cada noche antes de dormir.<br><br> <br><br>Transcurría el mes de octubre de 1952. Atrás habían quedado las interminables hectáreas tapizadas de cultivos, el aroma a café tostado y la tibieza de la leche recién extraída de la ubre de Paca. Cansados de ocultárseles junto con el sol a la violencia, Honorio Esguerra, su esposa y sus doce hijos decidieron abandonar su terruño y construir futuro en el casco urbano de Buga. La idea era encontrar una trinchera donde los pájaros de Janeiro no pudieran cazarlos.  La vida les había cambiado y el camino los llevaba de frente a su nueva verdad: una pared de ladrillo de barro y una puerta de lata. Las visitas del viejo a la ciudad no habían sido en vano. Aquellas noches, mientras su familia se camuflaba en los cafetales, él recorría las calles en busca de una oportunidad para ganarle la partida al conflicto entre godos y rojos.<br><br> <br><br>El techo que ahora miran las tres hermanas no es el mismo de aquella época. Detrás de la pared de barro y de la puerta de lata la verdad del 52- se extendía un corredor con piso de tierra, cocina de bareque y una gran ramada cubierta con más lata. Tampoco existían las grandes vigas de la finca donde el viejo solía colgarlos como castigo por sus travesuras, pero claro, no tardaron mucho en reaparecer.<br><br> <br><br>Acostumbradas a hacerlo, Aída y Mery se han puesto de pie. Llevan encima unas batas estampadas con grandes flores y arrastran sus chancletas de caucho. Raquel ha preferido aguardar en la cama por mayor tiempo. Para qué levantarse: el día tiene 24 horas y tan pocas cosas para hacer. La primera gran idea de la mañana es encender la radio, mitigar la soledad de las tres mujeres, esa soledad que durante la noche pareciera elevarse a la n potencia. Una hora más tarde, tras descubrir una línea nueva en el cielorraso, Raquel sale del dormitorio. Saluda a sus hermanas con una frase que bien podría ser un insulto; ellas creen que dice buenos días, pero ninguna está segura. <br><br> <br><br>Parada frente a la vivienda, con el sudor sobre mi frente, doy tres golpes. A través del vidrio de la puerta descubro los fantasmas que custodian la casa. Uno de ellos está retirando los pétalos secos de las bifloras; otro, más sedentario, sólo escucha los consejos radiales de los tibetanos. Y el tercero, alertado por los golpes, apresura a ocultarse en la habitación. El más cercano  abre la puerta. El tono sepia de mi visión desaparece, también los fantasma lo hacen. Ahora sólo quedan 3 mujeres y un escenario a blanco y negro, como las fotografías de antaño que la mayor guarda bajo el colchón y en la memoria, como el color de sus cabellos y el de sus vestidos. El primer rostro que reconozco es el de la tía Mery. Ha abandonado el cuidado de su jardín y está presta a regalarme su atención. Veintiún pasos más a lo largo del corredor y me hallo de frente al segundo fantasma: robusto, risueño y de delantal roto. Buenos días, tía Aída. Y una respuesta esperada: cómo le va. ¿Quién es usted? y no es la memoria la que falla, es ese berraco problema de los ojos, porque cuando yo nací mamá me orinó encima. No puedo ocultar la gracia que me produce escucharla, pero recuerdo que aún no he terminado de saludar. Media vuelta a la derecha y ¡y ahí está ella! Sentada en la inmutable silla roja, con las manos entre sus piernas y la punta de los pies rozando el suelo. ¿Está viva? No tardo mucho en averiguarlo. Al verme se pone de pie para darme un beso en la mejilla y preguntarme como estoy. Le respondo que bien y me aparto de su lado (el frío de sus labios no me trae buenos recuerdos).<br><br>Regreso a la sala y me quedo quieta, en silencio. Un par de minutos más tarde la tía Aída camina hacia mí. Antes se ha detenido en el jardín para mirar el firmamento y ha pronosticado lluvias en horas de la tarde, aunque el IDEAN asegura que hoy no se presentarán precipitaciones. Después de sentarse en el sillón contiguo,  me comenta las medidas adoptadas por la administración local, habla de las noventa y seis motocicletas retenidas en la secretaría de tránsito desde el día anterior, de las predicciones de los hermanos Roland ¡Ah! Y del hijo de la prima segunda de mi abuela que murió de cáncer en el estómago hace poco. Quedo flaquito como Darío (Y empieza una nueva historia). Es que Darío era cachetón, colorado, bajito y barrigón. Cuando nació ¡Ay! Ya Aída, cállese, interrumpe la tía Mery. La temprana incapacidad visual, unida al hecho de no apartase de sus padres sino hasta la muerte de estos, convirtieron a la tía Aída en el libro donde reposan las memorias de la Familia Esguerra Soto. Su habilidad es tal que dibuja y desdibuja, aunque no en poco tiempo, el árbol genealógico de la familia. Siempre tiene pretexto para hablar (¿Será que siente la necesidad de suplir el silencio de su hermana Raquel?). Aunque salga poco de casa, conoce el mundo a través de las perspectivas de los locutores de la frecuencia radial 8.6 AM, Voces de Occidente, y de los comentarios de los visitantes, menos de los míos (si ella es casi ciega, yo soy casi muda). <br><br>Alguien me observa. Una cabeza emerge de la última habitación y desparece al instante. La escena se repite cada tres minutos, tal vez un poco más o un poco menos, que más da. Esas intervenciones ya no son extrañas, pero dan cuenta de la molestia que le produce mi presencia (o la de cualquiera). Ya es hora de que me vaya. No, no es así, no llevo ni media hora en la casa. En todo caso me voy.<br><br> <br><br>Mi partida sólo calma la sed de vigilancia. Ahora la tía Raquel debe buscar un nuevo entretenimiento. Abandonar su silla y volver a sentarse 20 veces por minuto parece una buena opción. O tal vez, se decida a correr por toda la casa y a estrellarse contra las paredes como lo solía hacer años atrás. ¿O le resultará más dinámico imitar el sonido de una sapo? En cualquier caso todo lo hará en soledad o bajo la mirada silenciosa y acostumbrada de sus hermanas. <br><br> <br><br>Porque a ella no le interesan los anuncios radiales, si el número de suerte para los acuarianos es el 12 o el 21, si la noche anterior mataron 1 o 10 personas. Porque no tiene cuentas que pagar en el banco y cree que los almuerzos familiares están envenenados para ella. Porque no acompaña entierros por temor a que le cierren las puertas del cementerio antes de salir (no es un temor injustificado). Porque rezar el rosario a las 4 de la tarde y escuchar la misa de las 6, desde su inmutable silla roja, bajo el marco de la puerta de la habitación, es suficiente ejercicio para un día. Porque en el mundo exterior están sus fantasmas y hace diecisiete meses pensó  que la manera de derrotarlos era no volverlos a ver por eso prefiere la soledad, a pesar que culpe a los demás de ella.<br><br> <br><br>El radio reloj marca las 7: 30 p.m. Seis ojos abiertos, 3 miradas fijas en el cielorraso de la habitación, como cada noche a la misma hora, como cada mañana al despertar]]></description><pubDate>Sat, 28 May 2005 21:33:00 +0000</pubDate></item><item><title>LETICIA, 2005</title><link>https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/051203-leticia-2005.php</link><guid isPermaLink="true">https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/051203-leticia-2005.php</guid><description><![CDATA[La seguridad democrática, que protege las carreteras con mucho acierto,<br>no puede hacer lo propio por quienes habitamos los ríos, selvas y llanos de Colombia <br><br>HAN TRANSCURRIDO DOS MESES desde que fue hallado el cadáver del dirigente Saúl Márquez, uno de los 13 indígenas colombianos asesinados en los primeros 42 días del año... uno de los 236 indígenas asesinados bajo el gobierno de la Seguridad Democrática.  A partir de octubre de 2002, después de ser despojado de 36,5 millones de pesos en Tabatinga (Brasil), Márquez quien era encargado de trasladar el dinero de las transferencias del Estado a las comunidades de la Zona Arica- había optado por variar su ruta. El nuevo camino consistía en abordar un avión hasta Bogotá, luego a Puerto Asís y, desde allí, trasladarse en lancha a su hogar. No obstante, en la tarde del 06 de enero, después de girar a Puerto Asís la mayor parte del dinero y de reservar su cupo en un vuelo a la capital colombiana, Márquez salió de las residencias Divino Niño en Leticia. Al día siguiente, agentes de la policía encontraron en un paraje desolado de Tabatinga su cuerpo incompleto carecía de uñas y dientes- atado de pies y manos, con señales de asfixia, laceraciones en el tórax y cinco tiros incrustados en su cabeza, tal y como fue reseñado por el diario El Tiempo. El caso más reciente se reportó el pasado 09 de febrero, cuando el Ejército colombiano halló en inmediación de la vereda Pontón los cadáveres de dos supuestos milicianos muertos en combate. Los occisos correspondían al kankuano Hermes Enrique Carrillo Arias y a su compañera, la wiwa Noemí Pacheco Zabatá, menor de edad y en estado de embarazo, quienes habían desaparecido el día anterior.<br><br> <br><br>Ni la muerte violenta de los indígenas es asunto que sorprenda en la época actual y mucho menos en Colombia, una Nación cercada por el conflicto y la inseguridad. Sin embargo, los últimos hechos han generado el pronunciamiento de diferentes entes. Volmar Pérez Ortiz, Defensor del Pueblo, envió una carta fechada el 01 de febrero al Ministro del interior y de justicia, Sabas Pretelt de la Vega. En dicho documento se convocaba a una sesión extraordinaria de la Comisión de Derechos Humanos de Pueblos Indígenas. Por su parte, los voceros de la ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia) han solicitado la solidaridad y el apoyo de las organizaciones sociales, amigos de la lucha indígena y de la defensa de los derechos humanos. <br><br> <br><br>De acuerdo con las publicaciones del gobierno, los objetivos generales de la Política de Defensa y Seguridad Democrática son  la protección de los derechos de los ciudadanos y el fortalecimiento del Estado de derecho y de las autoridades democráticas. Gracias a las operaciones conjuntas de la fuerza pública, las actividades delictivas de los grupos insurgentes han menguado sus efectos contra la población civil; de esta manera, uno de los primeros frutos ha sido la disminución en un 25% de los secuestros durante lo corrido del periodo presidencial. Sin embargo, otros sectores del país e incluso del mundo opositores, microempresarios, indígenas, Amnistía internacional, etc.- han coincidido en que la Política de Seguridad Democrática debe replantearse. Según Pedro Medellín, presidente de la Fundación Ortega y Gasset, los principales aspectos que deben ser evaluados son el respeto por los Derechos Humanos, la participación de los pequeños y medianos empresarios y la intensidad del conflicto armado.  El interés económico del gobierno se ha focalizado en los monopolios y multinacionales. Una delegación de Amnistía internacional afirmó que las políticas de seguridad, tal y como se manifiestan en los proyectos de ley, estarían colaborando en la agudización de la crisis de los Derechos Humanos. En cuanto a las actividades militares, lo que se ha planteado es una estrategia de guerra, reforzada a través de la incorporación de más hombres a las filas y la compra de armamento, dispositivos y equipos tecnológicos; mientras tanto, los ciudadanos siguen esperando mejoras en la inversión social.<br><br> <br><br>El presidente Álvaro Uribe, después de enterarse en un Consejo Comunal del caso de Saúl Márquez y de los peligros que debían atravesar los líderes indígenas para trasladar el dinero de las transferencias, encomendó esta tarea al Ejército Nacional. Con esta medida se garantiza que las transferencias no se pierdan en el camino, pero no se resuelve el verdadero problema: la seguridad de los grupos indígenas. Por tal motivo, las comunidades han sentado su voz de protesta y han pedido a los insurgentes respeto por sus derechos; a las autodefensas, coherencia con las propuestas del proceso de negociación y, al Estado colombiano, amparo para las 84 comunidades existentes, la investigación y esclarecimiento de los hechos donde han sido perjudicados miembros indígenas y la reconsideración de la Política de Defensa y Seguridad Democrática.<br><br> <br><br>A pesar de los recientes atentados contra los Derechos Humanos, voceros de la ONIC han manifestado que este año los pueblos indígenas estaremos más presentes que nunca en la vida del país, porque tenemos la certeza que el futuro de la Nación está ligada al futuro de sus pueblos ancestrales.]]></description><pubDate>Thu, 26 May 2005 16:47:00 +0000</pubDate></item><item><title>Bienvenido al weblog alejandraesguerra</title><link>https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/031201-bienvenido-al-weblog-alejandraesguerra.php</link><guid isPermaLink="true">https://alejandraesguerra.blogia.com/2005/031201-bienvenido-al-weblog-alejandraesguerra.php</guid><description><![CDATA[Ya tienes weblog. 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